Emocionario Porteño de Luis Correa-Díaz o cómo gestionar la morriña, la saudade

Para los que vivimos fuera de casa, volver supone más que un viaje físico; al mismo tiempo, es un viaje por la memoria y un viaje de descubrimiento en el que nunca sabes qué ha cambiado desde la última vez que estuviste. Lo que es cotidiano para quienes viven en Valparaíso puede resultar una sorpresa para Correa-Díaz.

Luis Correa-Díaz nos explica ese proceso en su poemario, mejor dicho, en su Emocionario Porteño (Ediciones Altazor 2026).

Correa-Díaz mantiene su uso de emojis, códigos QR y referencias eclécticas: Goethe, Browning, Dostoyevski, Quasimodo, la princesa Leonor, Fray Luis de León, TikTok, YouTube. etc. Pero, por otra parte, pierde el Spanglish; no lo necesita; está en casa.

Aunque cada poema tiene su propio tema —la casa de los cuatro vientos, el mar mapuche, la visita del buque Juan Sebastián Elcano, la plaza Echaurren—, ninguno tiene un punto final (ni la primera letra del siguiente poema está capitalizada), por lo que la lectura se convierte en una caminata continua por Valparaíso, con sus paradas para tomar un café y recordar.

Estos poemas son el ejercicio que hace LCD para gestionar su exilio. Todos tenemos nuestras mañas para desentrañar y exorcizar la añoranza, la morriña, la saudade, que dicen los portugueses, expertos en estas lindes. Yo hago videos de Madrid para turistas (@TonxoTours), lo cual no es tan poético.

Una de las razones por las que me gusta leer a Correa-Díaz (esta es, más o menos, mi séptima reseña de LCD) es el contraste en sus poemas. La yuxtaposición de una escritura aparentemente coloquial, incluso informal, contrasta con una adjetivación estoica, impávida (deadpan, dicen los anglosajones). Esa mezcla entre conversación de amigos y aparente seriedad, incluso misterio, es la que engancha, la que te lleva al siguiente poema y, en mi caso, al siguiente libro. Egoístamente, me gustan estos poemas porque la poesía es universal y lo que siente LCD en Valparaíso es lo que siento yo en Madrid, aunque cambien los nombres de las calles y de los cafés, y, obviamente, Luis lo escribe mejor. Gracias Luis.

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