Peligro de extinción, el safari poético de Luis Correa-Díaz y Gustavo Denault

Hace años que soy fan de la obra de Luis Correa-Díaz; he tenido el placer y el privilegio de leerle. Este último poemario, Peligro de extinción; Endangered Species (Speech-less) Act, puede ser su más íntimo y tierno.

Parte de esto se debe a la colaboración de un ilustrador de lujo. Gus Denault es un joven artista que nos regala ilustraciones primorosas a lápiz/carboncillo para cada poema.

El abanico de veintinueve animales en peligro de extinción que repasan el poeta y el artista va desde lo obvio, como el panda rojo o el delfín rosado, hasta otros como la sirena o el propio Homo, que quizás no figuren en listas oficiales, pero que obligan al lector a pausar y reflexionar, Otros animales, como el mamut, el pterodáctilo o el tamagotchi, dan licencia para volar a la imaginación del lector. Como dice Menchu Gutiérrez del ilustrador de su poemario Huésped del otro, Pedro Pertejo: “Los poemas no existirían sin los dibujos.”*

Como es habitual, LCD nos regala referencias a Ulises o a Rimbaud; otras hay que pillarlas al vuelo, como la del Quijote o la de su alumno, Almodóvar, todas salpimentadas con emojis, con detalles cotidianos de Athens (el de Georgia y REM, no el original, aunque Aristóteles lo quisiera) y a la patria querida de Luis y de Gabriela Mistral.

Luis Correa-Díaz aborda el delicado tema de la situación crítica del planeta con exquisito cariño, pero también con guiños irónicos y críticos al ecoturismo y a las entidades responsables de cuidarlo. Es decir, con realismo; las ilustraciones de Gus le dan fondo, textura y color (aunque sean a blanco y negro) al texto.

  • Entrevista Menchu Gutiérrez. Esto es lo último, El Cultural. 26 diciembre 2025.

La Valparadisea Luis Correa-Diaz

La Valparadisea LCD

Hay tres tomas de Valparaíso en la película Los diarios de la motocicleta: La primera en la oficina de correos donde Ernesto Guevara, el futuro Ché, recoge una carta de su novia, cortando con él. La segunda es un trayecto en el funicular donde no hay siquiera diálogo entre Guevara y su amigo Granado. Y la tercera es en la playa, donde Guevara acepta que no le queda otra que seguir su aventura. Esto es todo lo que sé, o lo que sabía de Valparaíso hasta que empecé a leer los poemas de Luis Correa-Díaz. En su última entrega, La Valparadisea (Altazor, 2025) Correa-Díaz nos invita a una excursión en dron —droncito— y recoge los corazones rotos como el de Guevara, los trayectos en el funicular, sin diálogo, y las meditaciones en la playa.

Con Correa-Díaz siempre hay más. Sus líneas están llenas de referencias: Jorge Manrique junto a Starbucks, la Nueva Trova Cubana junto a Hieronymus Bosch, al Papa junto a Herzog y todo ello en las calles, plazas, cafés y urbanizaciones de Valparaíso.

Pero lo importante no son las calles ni los edificios, sino la gente que llena los poemas de LCD: Amigos, libreros, familiares, transeúntes, otros poetas, músicos, tenderos, camareros, la gente que hace una ciudad, que le dan el color, la textura, la profundidad y la memoria a los sitios.

La memoria y su hermana la melancolía son el tejido que colorea el tapiz que es La Valparadisea. Los recuerdos de Correa-Díaz, los recuerdos de nuestros hogares que tenemos los que vivimos en el exilio —aunque sea elegido.